“Educar la mente sin educar el corazón no es en absoluto educación.” (Aristóteles).

Goleman introdujo el concepto de inteligencia emocional, (siendo reconocido en el contexto científico, la existencia de varios tipos de inteligencias que cooperan entre sí, además de la cognitiva), y se refiere al desarrollo de capacidades universales que permiten gestionar, comprender y manejar las emociones, mejorando no sólo la calidad de vida, sino también permitiendo tener mejores relaciones con los demás, llevando a que nos relacionemos de una manera más respetuosa,  empática,  asertiva, comprensiva y eficaz.

Los niños, como personas en proceso de formación, son especialmente vulnerables a convertirse en el blanco de la proyección de emociones inconscientes y temas no resueltos de los adultos de referencia, como padres y profesores. Estas situaciones tan frecuentes favorecen que afloren adaptaciones defensivas que se suelen desarrollar en nuestra primera infancia, restringiendo considerablemente las posibilidades de mostrase receptivos y empáticos a las experiencias internas de sí mismos y de los demás. De ahí la gran importancia que adquiere el aprendizaje de un manejo adecuado de las emociones, que permite ser enseñado y transmitido como modelo de interacción a los menores.

Desarrollar inteligencia emocional, supone atender a las emociones. Pero, ¿qué entendemos por emociones? Las podemos definir como eventos sutiles del campo de la conciencia, que hacen referencia al conjunto de sentimientos y sensaciones que experimentamos ante situaciones, modelando nuestra experiencia y transmitiendo a nuestra mente el significado de lo que está sucediendo. Son innegables (aunque no siempre reconocidas) y universales, siendo considerada como un medio básico de integración de funciones cerebrales que aporta autoorganización a nuestra mente. Esta función organizadora es la base del bienestar que experimentamos interna e interpersonalmente, cuando las atendemos adecuadamente, aportando coherencia, flexibilidad, vitalidad, conexión, significado y sentido a la vida.

Visto de esa manera, la emoción es un proceso integrador y alcanzar un cierto equilibrio emocional y compartir nuestras emociones es un reflejo del grado de integración alcanzados con nosotros mismos y con los demás. De ese modo, cuando permanecemos en contacto con nosotros mismos podemos conectar con los demás, y cuando compartimos esos sentimientos estamos creando conexiones significativas.

La neurociencia ha descubierto y confirmado que nuestro cerebro está programado para conectar con los demás y, gracias a la plasticidad cerebral donde cualquier estímulo, práctica continuada y aprendizaje sistemático crea cambios, la inteligencia emocional construye conexiones y nuevas áreas que nos permiten ser más competentes y felices:

  • Mayor auto-conciencia, y hace referencia a nuestra capacidad para entender lo que sentimos y de estar siempre conectados a nuestros valores y a nuestra esencia.
  • Incremento de auto-motivación y habilidad por orientarnos hacia nuestras metas, recuperarnos de los contratiempos y gestionar el estrés.
  • Desarrollo de empatía y, por lo tanto, de una mayor conciencia social
  • Habilidad para relacionarnos, para comunicar, para llegar acuerdos, para conectar positiva y respetuosamente con los demás, siendo en las relaciones donde realmente damos sentido al a vida y construimos nuestra propia identidad.

Por lo tanto, cuando desarrollamos la  inteligencia emocional podemos descubrir una manera de vivir y relacionarnos más positiva, ya que aprendemos a controlar mejor nuestros estados de ánimo, a salir más rápidamente de espirales destructivas y a mejorar nuestra relación con nosotros mismos y, por tanto, con los demás.

Esto nos lleva a la evidente necesidad de educar a los menores incluyendo este enfoque. Ya sea en el hogar o en la escuela, todos deberíamos ser capaces de crear un contexto válido y significativo en inteligencia emocional. Pero eso requiere una reflexión y trabajo personal.

Cuando el adulto de referencia no puede conectar con sus propias emociones es imposible que conecte con los otros, y menos que resulte ejemplarizante para un menor, llevando a defensas psicológicas y generando en el niño: soledad, inquietud, inhibición o agresividad y desconexión.

Por el contrario, se está comprobando que los padres que hablan con sus hijos sobre sus emociones, centrándose en las causas y consecuencias sobre conducta y pensamientos, tienen hijos más capaces de comprender mejor la vida emocional tanto de ellos mismos como de los demás, aportándoles herramientas para gestionar las experiencias.

Cualquier adulto que forme parte del contexto vital de un pequeño, puede influir positivamente en su formación, si cuenta en su bagaje con inteligencia emocional.

Como seres sociales que somos, necesitamos establecer y mantener relaciones cercanas, significativas y duraderas. Comprender el papel que desempeñan las emociones en la comunicación con los demás puede ayudarnos a mejorar nuestra calidad de vida, ya que es a través de la comunicación la manera en la que construimos las relaciones. Este tipo de comunicación emocional implica ser consciente de las propias emociones, tener la capacidad de compartirlas respetuosamente y comprender de manera empática la de los otros. En esta clase de comunicación resonante, las personas se siente mutuamente y eso hace que nos percibamos unidos.

María Bustamante
Directora de la Unidad de Psicología Infantojuvenil de Instituto Centta