Hay familias que se distinguen de las demás por mantener relaciones de calidad con los hijos, sin renunciar a la labor educativa que supone tener estructura y límites. La única manera de conseguir este preciado reto es a través de una comunicación emocional asertiva, que permite dar y recibir, respetando siempre los límites y necesidades de todas las partes implicadas.

Aprender a comunicar y escuchar de manera empática promociona espacios de calidad con los hijos y el bienestar emocional de nuestros hijos depende de esa comunicación íntima.

Una comunicación cariñosa alienta el desarrollo de apegos seguros, base de la confianza, donde los padres demuestran su capacidad para mantener abierta la comunicación, incluso en momentos difíciles, con la idea de mantener un intercambio reciproco. Este tipo de comunicación nos permite expandir la mente para asumir el punto de vista de otra persona además del nuestro propio, reflejado en los demás. Cuando esto ocurre, los padres e hijos se sienten escuchados, respetados y acompañados, ingredientes que dan sentido de conexión, siendo éste el núcleo de las relaciones que mantendremos a lo largo de nuestra vida.

Es interesante ser conscientes de que el modo en el que nos hablamos a nosotros mismos está influido por el modo en el que nos han hablado a nosotros y, a su vez, será el que mantengamos con nuestros hijos. Todos somos portadores de una historia con nuestra carga emocional, cognitiva y comportamental, que favorece comunicar de una manera automática y respondiendo mecánicamente, cayendo seguramente en las limitaciones de la comunicación que emiten nuestros hijos, que lo hacen de la manera en la que necesitan y pueden en ese momento.

Hay quien presume de no vivir el conflicto nunca, cuando la ausencia de ello es señal de una distancia emocional tal que excluye toda verdadera relación. No hay nada más doloroso emocional y físicamente como sentirse emocionalmente alejados de aquellos con los que estamos más apegados, como pareja, padres o hijos.

Pero, ¿cómo hacerlo?

La comunicación asertiva es especialmente útil en momentos difíciles, en los que podemos aplicar las siguientes claves:

  • Transmitir de la manera más objetiva posible la situación.
  • Evitar hacer juicios respecto al otro y, en lugar de ello, hablar de lo que se siente, favoreciendo la conciencia de la emoción y por lo tanto de la apertura.
  • Dirigirse a la persona pronunciando su nombre, ya que potenciará que dedique su atención con mayor interés.
  • Transmitir la necesidad que se siente y que no ha sido satisfecha, si así ocurre.
  • No intentar adelantar el momento o resolver las necesidades del otro. Siendo más beneficioso acompañar sin proponer soluciones o cargar con lo que no corresponde.
  • Empatizar para hacer saber al otro que no está sólo con su carga y que comprendemos su dolor.

Este tipo de comunicación requiere una escucha abierta y activa, en la que el receptor debe estar presente y, de una manera deliberada, decide no dejarse influir o arrastrar por preocupaciones, ocupaciones, juicios o emociones que le inundan, rompiendo de esa manera respuestas mecánicas.

Con el tiempo, la repetición de esta pauta favorecerá la construcción de una identidad coherente en nuestros hijos, sintiéndose sentidos. Es decir, su mente existe en la mente de sus padres. Con estos encuentros desarrollamos el cerebro emocional, acumulando experiencias que afianzan la capacidad para enfrentarse a las diferentes situaciones que derivan de las relaciones con los demás y también ser regulado por ello, protegiendo de la ansiedad, depresión, aislamiento y un largo etcétera, que resta calidad vital.

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